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viernes, 1 de febrero de 2019

Visitantes



Nos quedábamos hasta tarde esperando. Mirando por la ventana hasta que llegaban. Recitando plegarias para acelerar su presencia. Nos lo reprochábamos unos a otros si no aparecían. Hermano Uno tuvo la culpa. Fue Hermana Dos y sus caprichos. Fue que pillaste una rabieta. Tú, fuiste tú -nos señalábamos unos a otros con furia y decisión-, tú lo rompiste. No vendrán nunca más. No vendrán ya más porque fuimos malos. Pero venían. Casi siempre venían. Llegaban por la noche de madrugada. Dejaban una peste silenciosa, un rastro de babas. Venían los monstruos a devorarnos en las camas, a trenzar con aliento fétido nuestros cabellos. Nos indicaban el camino del bosque con manos temblorosas. E íbamos. Por supuesto que íbamos.

jueves, 10 de enero de 2019

Sobre el hueco que habitan los espectros






PREFACIO

Hace un tiempo charlaba con una amiga sobre el antiguo arte (tan incomprendido y difamado hoy en día) de invocar a los espíritus. No es asunto baladí, desde luego, teniendo en cuenta la cantidad de entes que pueblan este mundo. Mi amiga, experta conocedora de Lo Otro, afirmaba con vehemencia, cerveza en mano, que pueden los hombres convocar a los fantasmas tan solo con el ejercicio de su voluntad y que los fantasmas, siendo como son entusiastas de las reuniones improvisadas, habrían de aparecer casi al instante. Opinaba yo, por el contrario, que, tal y como señaló San Cipriano en sus obras apócrifas, los espíritus son seres amantes de los viajes, pululan y viran su intención constantemente, y son dados a recorrer parajes lejanos (de los que hay a pares al Otro Lado, pero ninguno en este), poco partidarios de chanzas, escurridizos y caprichosos, y que es necesaria la oferta de membrillos y otros dulces en bandejas de bronce (amén de otros tantos complicados rituales) para que se dignen a aparecer, que no es cosa tan fácil ni tan al alcance de la mano de cualquiera. La discusión se alargó hasta altas horas de la madrugada y culminó en indignación, desacuerdo e invocaciones fallidas.
Es por eso que he decidido inaugurar este Grimorio, compendio de la ciencia antigua y de lo extraño, usando un lenguaje medievalizante y arcaico (que es la manera en la que deben revelarse los asuntos herméticos), y que pretende dar cuenta de todo aquello que pasea por nuestra imaginación, enrevesada y peruchiana, con algo de Cunqueiro, de falso cronicón medieval, de bestiario hipotético. No se lo tome nadie en serio, pues podría encontrarse con que nunca hubo tal, que jamás se dieron cita bajo el cráneo celeste tales historias, que solo existe lo que podemos ver y tocar con las manos y que lo demás son solo cuentos susurrados.



SOBRE EL HUECO QUE HABITAN LOS ESPECTROS

Hablaba Plinio el Viejo de los manes que pueblan los alrededores de los árboles lotos que tenía Craso en su patio, y contaba de ellos como no queriendo, como estoico que se barrunta que no es, a la postre, menos caótica la vida del Otro Lado que la de este. Con pesar confesaba cómo había descubierto, de manos de una sacerdotisa de Ninua, que el aire que respiramos está lleno de tantas almas como grano en un granero. La sacerdotisa, de la que Plinio el Viejo no cita el nombre, entrecerraba los ojos, ponía voz de misterio y explicaba que para llamar a los espíritus tiene uno que vestir tules color del vino, guardar tres huesos de dátil en una mano y recitar las palabras adecuadas en acadio antiguo, por ser ésta lengua que se conoce muy bien en el Otro Lado. La sacerdotisa susurraba y de pronto se alzaba un viento, se oscurecía el salón y se ponía de gallina la piel de los esclavos. Después pasaba horas la dama conversando con gentes invisibles mientras quemaba en un perfumero de alabastro esencias nubias, y al cabo de un rato era capaz de dar señas sobre familiares difuntos, adivinar el futuro y marcar la ubicación exacta de ahorros perdidos y nunca antes encontrados.
Decía la dama que todo el que muere va a parar a un espacio hueco, delgado como canto de papiro, que no conoce de anchos ni de largos, de altos ni de bajos y cuyas principales características son la atemporalidad y la inefabilidad. Los espíritus entran y salen a voluntad de dicho hueco, en especial para el tiempo de la lemuralia, pues son los finados grandes comedores de habas negras, de las que crecen en los huertos de Roma para la época de las meditrinales. El hueco es como el ojo de una aguja y los finados han de escurrirse a través de él, dejando a su paso un perfume de violetas.
Daba cuenta Plinio el Viejo de aquellos que habían conseguido comprimirse para caber por el hueco sin tener aún calidad de difuntos, y señalaba que con el uso de ciertas hierbas mágicas (se sospecha que de origen asirio) podía uno apretujarse y viajar al Otro Lado sin necesidad de catar la muerte. A estas sustancias les dedicó Plinio un volumen y es sobradamente conocido que las quiso encontrar y tener en su botica personal, por si se diera el caso de echar mano de ellas, pero le fueron negadas por andar bravuconeando estoicidades por el foro.  Bajo el influjo de estas hierbas podía seguirse al difunto en el momento del óbito sin ser visto ni oído, y se encontraba entonces con un lugar poblado de bosques sin senderos. Es este un espacio que desconcierta y asusta por inhóspito y agreste, ora cubierto de nieves, ora estival y plagado de moscas. En tal que se llega se encuentra uno que las almas pululan por el lugar con forma humana, tal y como se les conoció en vida, y que visten todos largas ropas negras, y que sus caras son pálidas, blancas como cirio de templo, y en ocasiones, si uno los mira de lejos, podría dar la sensación de que carecen de ojos, que son sus cuencas dos denarios de plata muy bien puestos para dar seriedad e imagen sombría al rostro.
Recogió Plinio el Viejo el testimonio de un comerciante etrusco, natural de Vetulonia, que pasó a través del hueco con la idea de encontrar a una antigua prometida suya, finada por unas fiebres, y a la que encontró junto a una encina, de las que crecen en las umbrías del Otro Lado. Hallábase de dama mustia y descolorida, envuelta en sayales brunos, y dicen las crónicas que su gesto era semejante al de las máscaras que gastan los manes, como mirando sin ver, y que el etrusco tuvo que retornar, cabizbajo y sobrecogido, sin haber terciado con ella palabra alguna.
Y advierte Plinio, muy sabiamente, sobre el peligro de estos cruces, que no está hecho el hueco para andanzas de vivos, pues no es tierra aquella para los que aún respiran y podría darse el caso de no poder volver. Es mejor ser prudente y no preguntarse por estas o semejantes cuestiones, que ya tendrá uno tiempo de verlas por sí mismo cuando el último suspiro sea exhalado, pues todo a su tiempo llega. Ya lo dijo Tibulo en su momento: et bene discedens dicet placideque quiescas, terraque securae sit super ossa levis.



martes, 28 de agosto de 2018

Unidades



La culpa de todo la tiene esa manía de descomponerlo todo en pequeñas unidades, en miles de millones de partes constitutivas, porciones lingüísticas aisladas, únicas hasta la locura. Morfología, hermosas y frágiles categorías discursivas, sustantivos, adjetivos, funciones sintácticas, estructuras circulares.
Y quién sabe qué más.
Por eso me tumbé y empecé a descomponer mi dormitorio como si fuera un texto, siempre reservando un lugar muy especial para la cama. Comencé por la mesita de noche e hice morfemas y monemas. Seguí por la cómoda, de la que salieron mil setecientas partes sin contar los cajones y las mangas de las camisas. Luego vino el rincón derecho, los flecos de la colcha, el maravilloso signo de la lamparilla colgando con actitud de lexema y las tres mil trescientas sesenta y ocho pelusas que abracé con desconsuelo. Después empecé por mi pie. Un dedo, dos dedos, tres dedos, diez, doce, quince dedos. Cuatro mil partes en su conjunto formaban mi cuerpo, entre verbos y nexos de oraciones, todos radicales y excelsos.
Estornudé un sintagma que se fundió entre las sábanas con un deje poético. Me pesaban los párpados, se me cerraban sin querer los elementos del lenguaje, fundamentales para la correcta interpretación de mis partes retóricas, novecientas en total.
Y lo supe. Fui consciente de ello. Supe que la culpa de todo la tienen cada una de mis pestañas. Lo supe cuando acabé de contarme. Después intenté ponerme de pie. Y no pude.

jueves, 23 de agosto de 2018

Perfecto



Y sin embargo, había algo en él que no era del todo normal. Su forma de respirar. Esos ruiditos mientras dormía. Aquel ronroneo metálico. Demasiado apacible y rítmico para ser verdad.
—Es solo que debemos acostumbrarnos a él. Se trata de la inseguridad de los padres primerizos. Relee el libro. Es de lo más normal—. Martin miraba al bebé con dulzura, ajeno a todo, y Sofie pensó que tal vez tuviera razón.
Quizás se estaba volviendo un poco paranoica. Por la novedad y todo eso. Porque un niño en casa te cambia la vida y a lo mejor una empieza a ver cosas raras por todas partes. Lo cierto es que el niño era normal. Más que normal: era perfecto. Así lo aseguraba el certificado del Centro de Fertilidad. Genes seleccionados, cribado de cromosomas fiable al cien por cien, células cultivadas para ser infalibles. Sin margen de error.
Y sin embargo, estaba aquella mirada. No era exactamente la mirada que se espera en un recién nacido, algo idiota y desenfocada. Era una mirada como de alguien que supiera cosas. Con un brillo inteligente, como si el bebé adivinara de antemano qué iba a pasar cuando ellos entraban en la habitación, qué iban a decir, qué tono de voz iban a usar. Y después estaba el hecho de que sus horarios eran exactos. Como si estuviera programado. Sofie sacudió la cabeza y trató de alejar esos pensamientos. No tenía sentido. Un bebé es un bebé y solo duerme, llora, come y ensucia pañales. Punto. Un bebé no te observa, ni predice tu comportamiento, ni te mira como si estuviera analizándote y fuera a emitir un informe por fax.
Sofie se acercó a la cuna y lo observó mientras dormía. Perfecto, tan perfecto. Recordaba las palabras del folleto de la clínica, memorizadas a base de leerlas mil veces. «Embriones seleccionados creados a partir de su propio óvulo. Mejorados para evitar enfermedades. Sin duda, la mejor parte de ustedes». Se habían convencido al instante, después de ver las instalaciones y de cómo sería todo el proceso. Algunas muestras de tejidos, la reproducción en una probeta y, al cabo de unos meses, salir por aquella puerta con su bebé en brazos. Un sueño hecho realidad cuando ya se habían dado por vencidos y creían que jamás llegarían a ser padres.
Sofíe acarició con un dedo la cara del pequeño y sonrió. Caminó hasta el cuarto de baño y tomó sus pastillas. Las pastillas de no pensar, como las llamaba Martin. Después se inclinó sobre la cuna y cogió al niño en brazos. Hermoso y perfecto. Y sin embargo… Llevó el oído al pecho del bebé. Ahí estaba otra vez. Ese tic-tac extraño. Ese runrún como de maquinaria. El niño entornó los ojos y Sofie creyó ver cómo uno de los párpados se le atascaba. Algo dentro del bebé zumbó, se reseteó y comenzó de nuevo. Sofie agitó la cabeza y decidió centrarse en mecer al bebé. Allí estaba. Y ahora era suyo. Después de tanto tiempo.