viernes, 1 de febrero de 2019

Visitantes



Nos quedábamos hasta tarde esperando. Mirando por la ventana hasta que llegaban. Recitando plegarias para acelerar su presencia. Nos lo reprochábamos unos a otros si no aparecían. Hermano Uno tuvo la culpa. Fue Hermana Dos y sus caprichos. Fue que pillaste una rabieta. Tú, fuiste tú -nos señalábamos unos a otros con furia y decisión-, tú lo rompiste. No vendrán nunca más. No vendrán ya más porque fuimos malos. Pero venían. Casi siempre venían. Llegaban por la noche de madrugada. Dejaban una peste silenciosa, un rastro de babas. Venían los monstruos a devorarnos en las camas, a trenzar con aliento fétido nuestros cabellos. Nos indicaban el camino del bosque con manos temblorosas. E íbamos. Por supuesto que íbamos.

jueves, 17 de enero de 2019

Una lectura de Reino de esponjas, de Pilar Verdú


Reino de esponjas se me antoja uno de esos libros esenciales. Sencillo y profundo, con esa profundidad que a menudo posee lo cotidiano, discreta y serena, pero contundente.
Pilar habla de la dureza que hay en lo suave, de la extrañeza que habita lo cotidiano. Pasea, como el que no quiere la cosa, entre temas trascendentes, y así se pone en la tarea de plasmar en estos versos uno de los misterios universales. El misterio de la muerte es poco, está manido y ella se detiene en la otra cara de la moneda: en el misterio del nacimiento. Porque Pilar es poeta y es madre, y eso convierte su mirada en una mirada que busca el detalle, el instante, el momento. Y el detalle, el instante o el momento habitan en la voz del hijo, en su olor, en su presencia, en su presentimiento primigenio, una presencia que difícilmente se explica con palabras, porque viene de lo suave, de lo húmedo, del reino de las esponjas donde flota, el lugar donde empieza todo.
Y así se plantea una evolución, un camino que es la vida y que comienza con hoy eres solo pálpito, latido acelerado de promesas que lleva a ese explicarse la vida de otro modo. Una vida que es cicatriz que sigue latiendo, el fruto de un agua sencilla, transparente, necesaria. Porque aquí lo que está sobre la mesa es el mundo de la suavidad, de lo acuático, de lo esencial, el de las palabras secretas que se dicen al oído, el de las cenas y los charcos tras la lluvia.
Pilar maneja perfectamente el lenguaje asequible para crearnos la imagen de lo cotidiano, para hacernos ver la vida tal y como es, y juega con imágenes para todos visibles con la finalidad de darle la voz al hijo. Porque es el hijo, al fin y al cabo, un modelo, un maestro que enseña sobre la vida sin saber de la vida. La risa ancestral del niño, que son todos los niños, que son todas las risas. De lo particular se llega a lo universal, al igual que de lo cotidiano a lo trascendente. Ese es el juego. Esa es, al fin y al cabo, la respiración íntima que late en este reino de esponjas.

Reino de esponjas, Pilar Verdú. Tigres de papel, 2016.

jueves, 10 de enero de 2019

Sobre el hueco que habitan los espectros






PREFACIO

Hace un tiempo charlaba con una amiga sobre el antiguo arte (tan incomprendido y difamado hoy en día) de invocar a los espíritus. No es asunto baladí, desde luego, teniendo en cuenta la cantidad de entes que pueblan este mundo. Mi amiga, experta conocedora de Lo Otro, afirmaba con vehemencia, cerveza en mano, que pueden los hombres convocar a los fantasmas tan solo con el ejercicio de su voluntad y que los fantasmas, siendo como son entusiastas de las reuniones improvisadas, habrían de aparecer casi al instante. Opinaba yo, por el contrario, que, tal y como señaló San Cipriano en sus obras apócrifas, los espíritus son seres amantes de los viajes, pululan y viran su intención constantemente, y son dados a recorrer parajes lejanos (de los que hay a pares al Otro Lado, pero ninguno en este), poco partidarios de chanzas, escurridizos y caprichosos, y que es necesaria la oferta de membrillos y otros dulces en bandejas de bronce (amén de otros tantos complicados rituales) para que se dignen a aparecer, que no es cosa tan fácil ni tan al alcance de la mano de cualquiera. La discusión se alargó hasta altas horas de la madrugada y culminó en indignación, desacuerdo e invocaciones fallidas.
Es por eso que he decidido inaugurar este Grimorio, compendio de la ciencia antigua y de lo extraño, usando un lenguaje medievalizante y arcaico (que es la manera en la que deben revelarse los asuntos herméticos), y que pretende dar cuenta de todo aquello que pasea por nuestra imaginación, enrevesada y peruchiana, con algo de Cunqueiro, de falso cronicón medieval, de bestiario hipotético. No se lo tome nadie en serio, pues podría encontrarse con que nunca hubo tal, que jamás se dieron cita bajo el cráneo celeste tales historias, que solo existe lo que podemos ver y tocar con las manos y que lo demás son solo cuentos susurrados.



SOBRE EL HUECO QUE HABITAN LOS ESPECTROS

Hablaba Plinio el Viejo de los manes que pueblan los alrededores de los árboles lotos que tenía Craso en su patio, y contaba de ellos como no queriendo, como estoico que se barrunta que no es, a la postre, menos caótica la vida del Otro Lado que la de este. Con pesar confesaba cómo había descubierto, de manos de una sacerdotisa de Ninua, que el aire que respiramos está lleno de tantas almas como grano en un granero. La sacerdotisa, de la que Plinio el Viejo no cita el nombre, entrecerraba los ojos, ponía voz de misterio y explicaba que para llamar a los espíritus tiene uno que vestir tules color del vino, guardar tres huesos de dátil en una mano y recitar las palabras adecuadas en acadio antiguo, por ser ésta lengua que se conoce muy bien en el Otro Lado. La sacerdotisa susurraba y de pronto se alzaba un viento, se oscurecía el salón y se ponía de gallina la piel de los esclavos. Después pasaba horas la dama conversando con gentes invisibles mientras quemaba en un perfumero de alabastro esencias nubias, y al cabo de un rato era capaz de dar señas sobre familiares difuntos, adivinar el futuro y marcar la ubicación exacta de ahorros perdidos y nunca antes encontrados.
Decía la dama que todo el que muere va a parar a un espacio hueco, delgado como canto de papiro, que no conoce de anchos ni de largos, de altos ni de bajos y cuyas principales características son la atemporalidad y la inefabilidad. Los espíritus entran y salen a voluntad de dicho hueco, en especial para el tiempo de la lemuralia, pues son los finados grandes comedores de habas negras, de las que crecen en los huertos de Roma para la época de las meditrinales. El hueco es como el ojo de una aguja y los finados han de escurrirse a través de él, dejando a su paso un perfume de violetas.
Daba cuenta Plinio el Viejo de aquellos que habían conseguido comprimirse para caber por el hueco sin tener aún calidad de difuntos, y señalaba que con el uso de ciertas hierbas mágicas (se sospecha que de origen asirio) podía uno apretujarse y viajar al Otro Lado sin necesidad de catar la muerte. A estas sustancias les dedicó Plinio un volumen y es sobradamente conocido que las quiso encontrar y tener en su botica personal, por si se diera el caso de echar mano de ellas, pero le fueron negadas por andar bravuconeando estoicidades por el foro.  Bajo el influjo de estas hierbas podía seguirse al difunto en el momento del óbito sin ser visto ni oído, y se encontraba entonces con un lugar poblado de bosques sin senderos. Es este un espacio que desconcierta y asusta por inhóspito y agreste, ora cubierto de nieves, ora estival y plagado de moscas. En tal que se llega se encuentra uno que las almas pululan por el lugar con forma humana, tal y como se les conoció en vida, y que visten todos largas ropas negras, y que sus caras son pálidas, blancas como cirio de templo, y en ocasiones, si uno los mira de lejos, podría dar la sensación de que carecen de ojos, que son sus cuencas dos denarios de plata muy bien puestos para dar seriedad e imagen sombría al rostro.
Recogió Plinio el Viejo el testimonio de un comerciante etrusco, natural de Vetulonia, que pasó a través del hueco con la idea de encontrar a una antigua prometida suya, finada por unas fiebres, y a la que encontró junto a una encina, de las que crecen en las umbrías del Otro Lado. Hallábase de dama mustia y descolorida, envuelta en sayales brunos, y dicen las crónicas que su gesto era semejante al de las máscaras que gastan los manes, como mirando sin ver, y que el etrusco tuvo que retornar, cabizbajo y sobrecogido, sin haber terciado con ella palabra alguna.
Y advierte Plinio, muy sabiamente, sobre el peligro de estos cruces, que no está hecho el hueco para andanzas de vivos, pues no es tierra aquella para los que aún respiran y podría darse el caso de no poder volver. Es mejor ser prudente y no preguntarse por estas o semejantes cuestiones, que ya tendrá uno tiempo de verlas por sí mismo cuando el último suspiro sea exhalado, pues todo a su tiempo llega. Ya lo dijo Tibulo en su momento: et bene discedens dicet placideque quiescas, terraque securae sit super ossa levis.



jueves, 3 de enero de 2019

Matar el tiempo, de Luis Miguel Rabanal


Matar el tiempo, de Luis Miguel Rabanal, es uno de esos poemarios bofetada/calambre/manotazo. Es un libro triste, crudo, que nos habla de una derrota tan estúpida e inevitable como innecesaria. La traición del cuerpo, el saberse rendido y la desesperanza que esta idea trae consigo. El hilo conductor que cohesiona todos los versos que componen Matar el tiempo podría ser la decadencia, la certeza de saberse vencido por una especie de casimuerte de la que uno querría desprenderse, pero no puede:
Vas a producir daño, la mar de lisonjera, olvídate de mí, pero no me olvides, pero olvídate de mí:
Te llamas Casimuerte, y tú lo sabes tan bien.
La muerte que no llega para el que está cansado, para el que está ya harto de la vida. La realidad vital de dejar pasar el tiempo hasta que el tiempo se acabe, la vida que es a medias, la muerte que es un casi. Pero cuando la muerte es imposible, cuando el cuerpo es imposible, el espíritu pervive. Quiero ver en estos versos una supremacía del espíritu poético por encima del cuerpo. Una resignación rebelde. El yo poético continúa a pesar de todo, a pesar de la realidad que lo aísla y lo golpea:
Más tarde llegó la burla de la muerte, quiero decir su malogrado descaro, no estar aquí.
En el principio era el consuelo o era el desconsuelo.
Y otra vez, rebosante, la bolsa de orina.
Digo que esta de Rabanal es una rendición rebelde. Una derrota insurrecta por parte de un espíritu que se niega y se pregunta con rabia por qué. Por qué. La cuestión fundamental que sobrevuela estos versos es un por qué yo y no otro, un por qué así y no de otra manera. Y así, dice en el poema XLVII:
Si por lo menos yo fuera yo y no ese muñeco vil que ronda por la casa como energúmeno, con daga y caldero para el vómito.
No reconocerse o reconocerse demasiado en este yo actual, el yo jodido, el yo atado a la bolsa de orina. Y que prevalezca el deseo de ser otro, de poder aún volver atrás o rozar con dedos suaves el rostro amado. Sobrevuela esta idea en poemas como el LI, LIV, LV, en palabras como: tienes que ser bastante menos estúpido, me digo sin olvidarme de mí, el muchacho en una ocasión se miró en el espejo y destrozó con narcóticos sus labios.
La necesidad de la voz es otro de los temas que asaltan la lectura. De la voz que no es la voz. Habla Rabanal de una voz falsa, una voz que por destino ha sido impuesta, una voz que sería otra en poemas como el LV, pero también de las palabras que aparecen por doquier (poema I), palabras salvíficas, palabras resentidas, palabras a un tú amado tan lejano como real. Y vamos a quedarnos aquí retenidos un rato en la idea del tú amado. Ese tú que planea a lo largo y ancho del poemario y que a veces se reviste de erotismo, otras de dulzura, otras del anhelo de un cuerpo joven que pueda tocar. Pero siempre es un tú al que agarrarse, un tú que tiene piedad, que sostiene brazos y cose la garganta (poema III), que acompaña los yoes de esa voz poética, el yo actual y el yo diferente. El tú, el otro, permanece inmóvil, sosegado, carnal. Permanece matando el tiempo a su vez, en un segundo plano, a la espera de la muerte que no sea un casi. Es palpable en estos versos la soledad propia y la soledad ajena, el amor rutinario, pero aún vivo, no vencido del todo por las circunstancias y que es capaz de alejar el miedo.
Mencioné al principio que este es un poemario crudo y lo mantengo. Crudo en fondo y forma, donde todos los recursos se ponen al servicio de la connotación, de un lenguaje evocador y cortante, siempre bello, con esos tintes herméticos tan propios de la obra de Rabanal. Imágenes audaces de germen surrealista y principalmente hermosas que se conjugan en estos poemas con golpes de cotidianidad afilada, sin florituras. Esta mezcla asombra, golpea, agita, nos acerca, en definitiva, a la realidad dura del yo poético, a ese cansancio de la vida, el malestar con lo real. Esa combinación logra el efecto deseado: un golpe. Una bofetada. Poesía asombrosa que contagia en espíritu y en cuerpo, poesía que uno nunca deja de releer.

 Matar el tiempo. Luis Miguel Rabanal. Ediciones Trea, 2018. 96 páginas. 


martes, 18 de septiembre de 2018

El genio que pintó el retrato oval, de Ángeles Mora


                                                            El genio que pintó el retrato oval.
Ángeles Mora.
El Libro Feroz Editorial.
26 páginas.
6 €


Ángeles Mora nos tiene muy acostumbrados a lo bueno. Desde sus relatos en publicaciones como Calabazas en el trastero (Saco de Huesos ediciones) pasando por Ecos en el páramo (Niebla editorial, 2016) y el inquietante álbum ilustrado Piensa en otra cosa (Libro Feroz, 2017), Ángeles me fascina. Por su dominio de la técnica y su mano para crear atmósferas oscuras. Por sus raíces clásicas que traen ecos de los relatos de antaño, los decimonónicos, los buenos.
En esta ocasión tengo entre manos una publicación curiosa. Numerada y exclusiva, trabajada con mucho mimo, tal y como suelen ser los libros que llevan el sello de El Libro Feroz. Se trata del relato El genio que pintó el retrato oval, editado en formato ligero, un cuadernillo de 26 páginas, perfecto para ser devorado en una tarde. La portada es obra de la joven artista Verónica Márquez y la considero un acierto: es limpia y sugerente, tiene esa sencillez que lo dice todo.
Ángeles Mora, con un estilo impecable, construye una historia entretenida y tenebrosa, de claros tintes góticos (con elementos foscos, que diría aquel) a partir de la narración de Edgar Allan Poe. Posee todos los ingredientes: castillo abandonado, crímenes sin resolver, leyendas y la presencia del misterioso retrato oval de una dama. No diré más. Es un relato de corte clásico, donde escuchamos la voz de un protagonista en primera persona que asiste fascinado a una serie de descubrimientos macabros en el caserón en ruinas que se dispone a restaurar. La atmósfera es el punto fuerte de Ángeles. Usa descripciones sobrias y precisas para enriquecer una prosa a su vez sobria y precisa, muy en consonancia con esa forma de contar decimonónico. Pero que no se asuste nadie: es una prosa decimonónica, pero no. Un ser sin serlo. Nada huele a antiguo ahí dentro, y el lector es capaz de dejarse envolver por la ya mencionada atmósfera y por lo extraño de los acontecimientos que se narran. Jamás el lector se aleja de la historia.

El Libro Feroz, por su parte, es una pequeña editorial afincada en Huelva a la que hay que empezar a seguir muy de cerca. A mí me ganaron con Piensa en otra cosa, con el acabado perfecto de sus libros y un catálogo que va creciendo lento, pero seguro. Me alegra que esta editorial incorpore obras de género como Piensa en otra cosa y ahora El genio que pintó el retrato oval. Siempre es un soplo de aire fresco cuando el género se cocina lejos del fandom, no me cansaré de decirlo. El pequeño formato, manejable y asequible, listo para consumir de una sentada, es otro de los aspectos que me atraen. Reconozco que funciona. Así que, sin más, les deseo una larga andadura.