lunes, 10 de septiembre de 2018

Mandíbula, de Mónica Ojeda



Totalmente brutal. Dicho así, sin paliativos. Así de claro. Una novela cruda, siniestra, de las que remiten a un miedo primigenio que habita dentro de nosotros en estado latente, a la espera de los resortes oportunos para aflorar. Un miedo que aguarda en lo más profundo de una generación (la edad blanca, quién la pillara), de una sociedad viciada y, en el fondo, supersticiosa (aún, todavía, a pesar de)
Mónica Ojeda usa una prosa poética llena de imágenes y connotaciones para narrar hechos violentos, se las arregla para mostrar una suerte de sensualidad de lo cruel, de belleza de lo enfermizo. Su prosa nos arrastra y nos inquieta.
No sé si Mandíbula es una novela de terror. No lo sé. Solo sé que asusta, que todo en ella asusta. Y que me declaro fan incondicional de Ojeda y de Ediciones Candaya. Me han ganado.  

martes, 28 de agosto de 2018

Unidades



La culpa de todo la tiene esa manía de descomponerlo todo en pequeñas unidades, en miles de millones de partes constitutivas, porciones lingüísticas aisladas, únicas hasta la locura. Morfología, hermosas y frágiles categorías discursivas, sustantivos, adjetivos, funciones sintácticas, estructuras circulares.
Y quién sabe qué más.
Por eso me tumbé y empecé a descomponer mi dormitorio como si fuera un texto, siempre reservando un lugar muy especial para la cama. Comencé por la mesita de noche e hice morfemas y monemas. Seguí por la cómoda, de la que salieron mil setecientas partes sin contar los cajones y las mangas de las camisas. Luego vino el rincón derecho, los flecos de la colcha, el maravilloso signo de la lamparilla colgando con actitud de lexema y las tres mil trescientas sesenta y ocho pelusas que abracé con desconsuelo. Después empecé por mi pie. Un dedo, dos dedos, tres dedos, diez, doce, quince dedos. Cuatro mil partes en su conjunto formaban mi cuerpo, entre verbos y nexos de oraciones, todos radicales y excelsos.
Estornudé un sintagma que se fundió entre las sábanas con un deje poético. Me pesaban los párpados, se me cerraban sin querer los elementos del lenguaje, fundamentales para la correcta interpretación de mis partes retóricas, novecientas en total.
Y lo supe. Fui consciente de ello. Supe que la culpa de todo la tienen cada una de mis pestañas. Lo supe cuando acabé de contarme. Después intenté ponerme de pie. Y no pude.

jueves, 23 de agosto de 2018

Perfecto



Y sin embargo, había algo en él que no era del todo normal. Su forma de respirar. Esos ruiditos mientras dormía. Aquel ronroneo metálico. Demasiado apacible y rítmico para ser verdad.
Es solo que debemos acostumbrarnos a él. Se trata de la inseguridad de los padres primerizos. Relee el libro. Es de lo más normal. Martin miraba al bebé con dulzura, ajeno a todo, y Sofie pensó que tal vez tuviera razón.
Quizás se estaba volviendo un poco paranoica. Por la novedad y todo eso. Porque un niño en casa te cambia la vida y a lo mejor una empieza a ver cosas raras por todas partes. Lo cierto es que el niño era normal. Más que normal: era perfecto. Así lo aseguraba el certificado del Centro de Fertilidad. Genes seleccionados, cribado de cromosomas fiable al cien por cien, células cultivadas para ser infalibles. Sin margen de error.
Y sin embargo, estaba aquella mirada. No era exactamente la mirada que se espera en un recién nacido, algo idiota y desenfocada. Era una mirada como de alguien que supiera cosas. Con un brillo inteligente, como si el bebé adivinara de antemano qué iba a pasar cuando ellos entraban en la habitación, qué iban a decir, qué tono de voz iban a usar. Y después estaba el hecho de que sus horarios eran exactos. Como si estuviera programado. Sofie sacudió la cabeza y trató de alejar esos pensamientos. No tenía sentido. Un bebé es un bebé y solo duerme, llora, come y ensucia pañales. Punto. Un bebé no te observa, ni predice tu comportamiento, ni te mira como si estuviera analizándote y fuera a emitir un informe por fax.
Sofie se acercó a la cuna y lo observó mientras dormía. Perfecto, tan perfecto. Recordaba las palabras del folleto de la clínica, memorizadas a base de leerlas mil veces. «Embriones seleccionados creados a partir de su propio óvulo. Mejorados para evitar enfermedades. Sin duda, la mejor parte de ustedes». Se habían convencido al instante, después de ver las instalaciones y de cómo sería todo el proceso. Algunas muestras de tejidos, la reproducción en una probeta y, al cabo de unos meses, salir por aquella puerta con su bebé en brazos. Un sueño hecho realidad cuando ya se habían dado por vencidos y creían que jamás llegarían a ser padres.
Sofíe acarició con un dedo la cara del pequeño y sonrió. Caminó hasta el cuarto de baño y tomó sus pastillas. Las pastillas de no pensar, como las llamaba Martin. Después se inclinó sobre la cuna y cogió al niño en brazos. Hermoso y perfecto. Y sin embargo… Llevó el oído al pecho del bebé. Ahí estaba otra vez. Ese tic-tac extraño. Ese runrún como de maquinaria. El niño entornó los ojos y Sofie creyó ver cómo uno de los párpados se le atascaba. Algo dentro del bebé zumbó, se reseteó y comenzó de nuevo. Sofie agitó la cabeza y decidió centrarse en mecer al bebé. Allí estaba. Y ahora era suyo. Después de tanto tiempo.

viernes, 6 de julio de 2018

Los bosques imantados, de Juan Vico.


El ser humano necesita creer en algo. Lo necesita. Con todas sus fuerzas. Y es por eso —y porque de alguna forma debe dar explicación a la muerte inevitable— por lo que inventa una cosmogonía, una mitología, unas religiones. Una idea de Dios y un culto. Pero cuando esa idea de Dios no es suficiente, el ser humano sigue necesitando creer en algo. Y se apoya entonces en disciplinas alternativas, en la magia, en la superstición, en lo new age o en pseudociencias. Poco importan los lugares o las épocas: el fenómeno es el mismo. Gentes que necesitan ser engañadas y otras que se dedican a engañar, el ciclo de la creencia.
Los bosques imantados cuenta la historia de Victor Blum, periodista del Le Siècle y biógrafo de Robert-Houdin, en el momento en que viaja al bosque de Samiel, en una localidad rural de Francia, para cubrir el evento del año: la aparición de Locusto y el eclipse que recargará la magia del lugar. A su misión de poner al descubierto los engaños de Locusto (estudioso de lo oculto y revitalizador de las teorías del magnetismo animal) se le añaden otros hechos inquietantes: la profanación de la iglesia de Saint-Boffon y el hallazgo del cadáver de un dibujante en el bosque. Los encuentros con la fauna local y con viajeros llegados para el eclipse, creyentes acérrimos de la magia del bosque, se suman a las investigaciones de Blum.
La trama avanza con una estructura clásica, todo un homenaje a las novelas de misterio decimonónicas. En Los bosques imantados, a pesar del homenaje, Vico nos cuenta la historia desde la ironía, haciendo hincapié en el trasfondo mucho más que en los incidentes que llevan a los personajes de un lado a otro, configurando un relato que puede disfrutarse a capas, desde las más superficiales hasta las más profundas, a gusto de cada cual. Todo ello lo separa de la tradición, del misterio al uso, y añade una vuelta de tuerca más al género. 
Flota por toda la novela cierta dualidad, dicotomías interesantes que rozan a los personajes, que circulan por las escenas. Razón/magia, realidad/sueños, intuición/experiencia, nuevo/viejo. Contradicciones necesarias que dan al conjunto mayor profundidad. El XIX no deja de ser un siglo contradictorio, enganchado a la ciencia y a lo gótico, a la luz y a la noche, y así queda reflejado en cada página. Sin embargo, Vico nos sumerge en la época de manera sutil, sin aspavientos. El ambiente se limita a alusiones en la ropa, en objetos. Son pinceladas aquí y allá. Lo decimonónico es una sensación, no una descripción exhaustiva. El lenguaje es sencillo, directo; en muchas ocasiones, poético. Y sin embargo, no desentona, no saca del ambiente ni destruye la atmósfera. Y es que la novela se ambienta en la Francia rural del siglo XIX, pero podría estar hablándonos del aquí y ahora, tanto en fondo como en forma.
El magnetismo animal o mesmerismo, de la mano del bosque de Samiel, opera en la novela de elemento simbólico para representar la atracción por lo pseudocientífico. La necesidad de ser alcanzados por otra realidad que mejore esta realidad, otra a la que podemos llamarle X. Cada cual rellene el hueco a voluntad y escoja ovnis, vírgenes, espíritus, dioses. El mensaje de la atracción por lo extraño trasciende, y trasciende porque es actual. Lo mismo sucede con el de la manipulación, porque la manipulación es otro de los mensajes que asoman en Los bosques imantados. La manipulación por medio de las creencias y gracias los medios de comunicación. Y es que sobre la información —al igual que sobre las pseudociencias— flota una imagen de objetividad necesaria para todo engaño o sensacionalismo, una objetividad que dota al mensaje de un halo de veracidad. Vean y crean, lo hemos contrastado.
Un acierto de la novela es la construcción del personaje principal, el periodista Víctor Blum. Contradictorio como el siglo que le toca vivir, es un hombre guiado por la razón y al mismo tiempo fascinado por los fenómenos extraños, vegetariano y bebedor, con los pies en la tierra pero marcado por sueños e intuiciones. De la mano de dos genios, Robert-Houdin y Shakespeare —ambos ligados a su vez a la dicotomía razón/intuición— se encargará de cumplir la misión que le ha llevado al bosque de Samiel: descubrir el gran timo que prepara Locusto, personaje que, pese a estar desaparecido, se encuentra presente en toda la obra y en todo momento para marcar los pasos de cada uno de los personajes.
En definitiva, Los bosques imantados es una obra de apariencia sencilla, de fácil lectura, pero no por ello exenta de profundidades y esquinas en las que Vico esconde toques de intertextualidad, alusiones, paralelismos y, algo que debemos reivindicar en los tiempos que corren, el elemento fantástico que convierte una obra normal en otra mucho más fascinante. Se trata del ilusionismo del escritor cuyo fin es transformar la realidad, no realizar una mera copia, y mostrar —ya que estamos— que la literatura de género es una literatura perfectamente válida. En este caso, ese ilusionismo se pone al servicio de la razón. Y es que la sinrazón se combate con imaginación y con ingenio. Siempre.



*Esta reseña fue originariamente publicada en la revista Vísperas.


viernes, 22 de junio de 2018

El eje de la luz, de José Iniesta.


En el Eje de la luz (Renacimiento, 2017), José Iniesta nos propone lo mejor de su música, sus palabras más hondas. Constituyen este poemario versos que nos hablan de la luz de cada día, de la luz extraordinaria e inefable a la que solo cabe darle forma en el poema, con las palabras precisas y con el ritmo perfecto que impregna cada verso de José.
He de decir que fascina leer El eje de la luz, fascina mucho. Por su misterio, por su calor, por ese andar de las luces a las sombras deteniéndose en lo cotidiano para, al fin, reflexionar sobre la vida y su sentido.
En ocasiones el poeta encuentra la verdad muy cerca: el patio, el árbol, el camino. Todo es un descubrimiento, una lección de vida, la conclusión de una certeza. En ocasiones la revelación viene del recuerdo de la madre ausente y del reconocimiento de la luz que dio, otras veces son las manos de la hija al piano o un paseo junto al hijo. El amor como luz en el padre y en la esposa, en todo aquello que rodea al poeta y que es extraño a fuerza de ser conocido.
Y es que José escribe como si tuviera el mundo entero al alcance de su mano, como si le hiciera falta solo un gesto, alargar el brazo y coger todas las cosas del mundo puestas ahí, a su alrededor, a su alcance, resplandecientes por la luz, perfumadas, cotidianas. Le embarga a uno cierta paz al leerlo, un no sé qué de esperanza. Porque cuando todo es noche, sigue existiendo frente al poeta la luz de una vela, la luz de un poema. La luz es lo que permanece y es el cambio, es el discurrir del tiempo, el paisaje, las estaciones. El poeta sobrevive gracias a las pequeñas cosas, las suyas, se reconoce en ellas y se auto explora en la naturaleza propia.
Hay en El eje de la luz mucho de auto conocimiento, de indagación en uno mismo a través de la contemplación del paisaje. El poeta se reconoce en el acantilado, en el jardín, en los almendros, en el mar. Se reconoce en el jazmín del patio y en las nubes, se ve a sí mismo retratado en la nevada. Y así, cada verso de El eje de la luz nos acerca a ese misterio que es José Iniesta, a la voz sincera del poeta que “nada le pide a la vida” y que sin embargo nos susurra que: “Jamás imaginé que yo acabara/ aquí,/ dichoso de mirar lo que he mirado.”

Durante la presentación de El eje de la luz en Albacete.