jueves, 3 de enero de 2019

Matar el tiempo, de Luis Miguel Rabanal


Matar el tiempo, de Luis Miguel Rabanal, es uno de esos poemarios bofetada/calambre/manotazo. Es un libro triste, crudo, que nos habla de una derrota tan estúpida e inevitable como innecesaria. La traición del cuerpo, el saberse rendido y la desesperanza que esta idea trae consigo. El hilo conductor que cohesiona todos los versos que componen Matar el tiempo podría ser la decadencia, la certeza de saberse vencido por una especie de casimuerte de la que uno querría desprenderse, pero no puede:
Vas a producir daño, la mar de lisonjera, olvídate de mí, pero no me olvides, pero olvídate de mí:
Te llamas Casimuerte, y tú lo sabes tan bien.
La muerte que no llega para el que está cansado, para el que está ya harto de la vida. La realidad vital de dejar pasar el tiempo hasta que el tiempo se acabe, la vida que es a medias, la muerte que es un casi. Pero cuando la muerte es imposible, cuando el cuerpo es imposible, el espíritu pervive. Quiero ver en estos versos una supremacía del espíritu poético por encima del cuerpo. Una resignación rebelde. El yo poético continúa a pesar de todo, a pesar de la realidad que lo aísla y lo golpea:
Más tarde llegó la burla de la muerte, quiero decir su malogrado descaro, no estar aquí.
En el principio era el consuelo o era el desconsuelo.
Y otra vez, rebosante, la bolsa de orina.
Digo que esta de Rabanal es una rendición rebelde. Una derrota insurrecta por parte de un espíritu que se niega y se pregunta con rabia por qué. Por qué. La cuestión fundamental que sobrevuela estos versos es un por qué yo y no otro, un por qué así y no de otra manera. Y así, dice en el poema XLVII:
Si por lo menos yo fuera yo y no ese muñeco vil que ronda por la casa como energúmeno, con daga y caldero para el vómito.
No reconocerse o reconocerse demasiado en este yo actual, el yo jodido, el yo atado a la bolsa de orina. Y que prevalezca el deseo de ser otro, de poder aún volver atrás o rozar con dedos suaves el rostro amado. Sobrevuela esta idea en poemas como el LI, LIV, LV, en palabras como: tienes que ser bastante menos estúpido, me digo sin olvidarme de mí, el muchacho en una ocasión se miró en el espejo y destrozó con narcóticos sus labios.
La necesidad de la voz es otro de los temas que asaltan la lectura. De la voz que no es la voz. Habla Rabanal de una voz falsa, una voz que por destino ha sido impuesta, una voz que sería otra en poemas como el LV, pero también de las palabras que aparecen por doquier (poema I), palabras salvíficas, palabras resentidas, palabras a un tú amado tan lejano como real. Y vamos a quedarnos aquí retenidos un rato en la idea del tú amado. Ese tú que planea a lo largo y ancho del poemario y que a veces se reviste de erotismo, otras de dulzura, otras del anhelo de un cuerpo joven que pueda tocar. Pero siempre es un tú al que agarrarse, un tú que tiene piedad, que sostiene brazos y cose la garganta (poema III), que acompaña los yoes de esa voz poética, el yo actual y el yo diferente. El tú, el otro, permanece inmóvil, sosegado, carnal. Permanece matando el tiempo a su vez, en un segundo plano, a la espera de la muerte que no sea un casi. Es palpable en estos versos la soledad propia y la soledad ajena, el amor rutinario, pero aún vivo, no vencido del todo por las circunstancias y que es capaz de alejar el miedo.
Mencioné al principio que este es un poemario crudo y lo mantengo. Crudo en fondo y forma, donde todos los recursos se ponen al servicio de la connotación, de un lenguaje evocador y cortante, siempre bello, con esos tintes herméticos tan propios de la obra de Rabanal. Imágenes audaces de germen surrealista y principalmente hermosas que se conjugan en estos poemas con golpes de cotidianidad afilada, sin florituras. Esta mezcla asombra, golpea, agita, nos acerca, en definitiva, a la realidad dura del yo poético, a ese cansancio de la vida, el malestar con lo real. Esa combinación logra el efecto deseado: un golpe. Una bofetada. Poesía asombrosa que contagia en espíritu y en cuerpo, poesía que uno nunca deja de releer.

 Matar el tiempo. Luis Miguel Rabanal. Ediciones Trea, 2018. 96 páginas. 


martes, 18 de septiembre de 2018

El genio que pintó el retrato oval, de Ángeles Mora


                                                            El genio que pintó el retrato oval.
Ángeles Mora.
El Libro Feroz Editorial.
26 páginas.
6 €


Ángeles Mora nos tiene muy acostumbrados a lo bueno. Desde sus relatos en publicaciones como Calabazas en el trastero (Saco de Huesos ediciones) pasando por Ecos en el páramo (Niebla editorial, 2016) y el inquietante álbum ilustrado Piensa en otra cosa (Libro Feroz, 2017), Ángeles me fascina. Por su dominio de la técnica y su mano para crear atmósferas oscuras. Por sus raíces clásicas que traen ecos de los relatos de antaño, los decimonónicos, los buenos.
En esta ocasión tengo entre manos una publicación curiosa. Numerada y exclusiva, trabajada con mucho mimo, tal y como suelen ser los libros que llevan el sello de El Libro Feroz. Se trata del relato El genio que pintó el retrato oval, editado en formato ligero, un cuadernillo de 26 páginas, perfecto para ser devorado en una tarde. La portada es obra de la joven artista Verónica Márquez y la considero un acierto: es limpia y sugerente, tiene esa sencillez que lo dice todo.
Ángeles Mora, con un estilo impecable, construye una historia entretenida y tenebrosa, de claros tintes góticos (con elementos foscos, que diría aquel) a partir de la narración de Edgar Allan Poe. Posee todos los ingredientes: castillo abandonado, crímenes sin resolver, leyendas y la presencia del misterioso retrato oval de una dama. No diré más. Es un relato de corte clásico, donde escuchamos la voz de un protagonista en primera persona que asiste fascinado a una serie de descubrimientos macabros en el caserón en ruinas que se dispone a restaurar. La atmósfera es el punto fuerte de Ángeles. Usa descripciones sobrias y precisas para enriquecer una prosa a su vez sobria y precisa, muy en consonancia con esa forma de contar decimonónico. Pero que no se asuste nadie: es una prosa decimonónica, pero no. Un ser sin serlo. Nada huele a antiguo ahí dentro, y el lector es capaz de dejarse envolver por la ya mencionada atmósfera y por lo extraño de los acontecimientos que se narran. Jamás el lector se aleja de la historia.

El Libro Feroz, por su parte, es una pequeña editorial afincada en Huelva a la que hay que empezar a seguir muy de cerca. A mí me ganaron con Piensa en otra cosa, con el acabado perfecto de sus libros y un catálogo que va creciendo lento, pero seguro. Me alegra que esta editorial incorpore obras de género como Piensa en otra cosa y ahora El genio que pintó el retrato oval. Siempre es un soplo de aire fresco cuando el género se cocina lejos del fandom, no me cansaré de decirlo. El pequeño formato, manejable y asequible, listo para consumir de una sentada, es otro de los aspectos que me atraen. Reconozco que funciona. Así que, sin más, les deseo una larga andadura.


lunes, 10 de septiembre de 2018

Mandíbula, de Mónica Ojeda



Totalmente brutal. Dicho así, sin paliativos. Así de claro. Una novela cruda, siniestra, de las que remiten a un miedo primigenio que habita dentro de nosotros en estado latente, a la espera de los resortes oportunos para aflorar. Un miedo que aguarda en lo más profundo de una generación (la edad blanca, quién la pillara), de una sociedad viciada y, en el fondo, supersticiosa (aún, todavía, a pesar de)
Mónica Ojeda usa una prosa poética llena de imágenes y connotaciones para narrar hechos violentos, se las arregla para mostrar una suerte de sensualidad de lo cruel, de belleza de lo enfermizo. Su prosa nos arrastra y nos inquieta.
No sé si Mandíbula es una novela de terror. No lo sé. Solo sé que asusta, que todo en ella asusta. Y que me declaro fan incondicional de Ojeda y de Ediciones Candaya. Me han ganado.  

martes, 28 de agosto de 2018

Unidades



La culpa de todo la tiene esa manía de descomponerlo todo en pequeñas unidades, en miles de millones de partes constitutivas, porciones lingüísticas aisladas, únicas hasta la locura. Morfología, hermosas y frágiles categorías discursivas, sustantivos, adjetivos, funciones sintácticas, estructuras circulares.
Y quién sabe qué más.
Por eso me tumbé y empecé a descomponer mi dormitorio como si fuera un texto, siempre reservando un lugar muy especial para la cama. Comencé por la mesita de noche e hice morfemas y monemas. Seguí por la cómoda, de la que salieron mil setecientas partes sin contar los cajones y las mangas de las camisas. Luego vino el rincón derecho, los flecos de la colcha, el maravilloso signo de la lamparilla colgando con actitud de lexema y las tres mil trescientas sesenta y ocho pelusas que abracé con desconsuelo. Después empecé por mi pie. Un dedo, dos dedos, tres dedos, diez, doce, quince dedos. Cuatro mil partes en su conjunto formaban mi cuerpo, entre verbos y nexos de oraciones, todos radicales y excelsos.
Estornudé un sintagma que se fundió entre las sábanas con un deje poético. Me pesaban los párpados, se me cerraban sin querer los elementos del lenguaje, fundamentales para la correcta interpretación de mis partes retóricas, novecientas en total.
Y lo supe. Fui consciente de ello. Supe que la culpa de todo la tienen cada una de mis pestañas. Lo supe cuando acabé de contarme. Después intenté ponerme de pie. Y no pude.

jueves, 23 de agosto de 2018

Perfecto



Y sin embargo, había algo en él que no era del todo normal. Su forma de respirar. Esos ruiditos mientras dormía. Aquel ronroneo metálico. Demasiado apacible y rítmico para ser verdad.
Es solo que debemos acostumbrarnos a él. Se trata de la inseguridad de los padres primerizos. Relee el libro. Es de lo más normal. Martin miraba al bebé con dulzura, ajeno a todo, y Sofie pensó que tal vez tuviera razón.
Quizás se estaba volviendo un poco paranoica. Por la novedad y todo eso. Porque un niño en casa te cambia la vida y a lo mejor una empieza a ver cosas raras por todas partes. Lo cierto es que el niño era normal. Más que normal: era perfecto. Así lo aseguraba el certificado del Centro de Fertilidad. Genes seleccionados, cribado de cromosomas fiable al cien por cien, células cultivadas para ser infalibles. Sin margen de error.
Y sin embargo, estaba aquella mirada. No era exactamente la mirada que se espera en un recién nacido, algo idiota y desenfocada. Era una mirada como de alguien que supiera cosas. Con un brillo inteligente, como si el bebé adivinara de antemano qué iba a pasar cuando ellos entraban en la habitación, qué iban a decir, qué tono de voz iban a usar. Y después estaba el hecho de que sus horarios eran exactos. Como si estuviera programado. Sofie sacudió la cabeza y trató de alejar esos pensamientos. No tenía sentido. Un bebé es un bebé y solo duerme, llora, come y ensucia pañales. Punto. Un bebé no te observa, ni predice tu comportamiento, ni te mira como si estuviera analizándote y fuera a emitir un informe por fax.
Sofie se acercó a la cuna y lo observó mientras dormía. Perfecto, tan perfecto. Recordaba las palabras del folleto de la clínica, memorizadas a base de leerlas mil veces. «Embriones seleccionados creados a partir de su propio óvulo. Mejorados para evitar enfermedades. Sin duda, la mejor parte de ustedes». Se habían convencido al instante, después de ver las instalaciones y de cómo sería todo el proceso. Algunas muestras de tejidos, la reproducción en una probeta y, al cabo de unos meses, salir por aquella puerta con su bebé en brazos. Un sueño hecho realidad cuando ya se habían dado por vencidos y creían que jamás llegarían a ser padres.
Sofíe acarició con un dedo la cara del pequeño y sonrió. Caminó hasta el cuarto de baño y tomó sus pastillas. Las pastillas de no pensar, como las llamaba Martin. Después se inclinó sobre la cuna y cogió al niño en brazos. Hermoso y perfecto. Y sin embargo… Llevó el oído al pecho del bebé. Ahí estaba otra vez. Ese tic-tac extraño. Ese runrún como de maquinaria. El niño entornó los ojos y Sofie creyó ver cómo uno de los párpados se le atascaba. Algo dentro del bebé zumbó, se reseteó y comenzó de nuevo. Sofie agitó la cabeza y decidió centrarse en mecer al bebé. Allí estaba. Y ahora era suyo. Después de tanto tiempo.